
Cuando seguimos una dieta y llevamos al extremo la supresión de todo tipo de grasas es conveniente saber que estamos incurriendo en un error grave y que, lejos de lo que pretendemos, esta práctica puede evitar que quememos más calorías y que nuestro organismo retenga lípidos.
El organismo, al suprimir las grasas de nuestra alimentación y verse sometido a una dieta hipocalórica reacciona de forma contraria, es decir, tiende a acumular más grasa. Ralentiza su metabolización y el resultado es que nos cuesta más acabar con esos quilos de más. Lo ideal es no suprimir la grasa del todo, ya que así estamos “engañando” a nuestro cuerpo que seguirá su proceso habitual. Eso sí, hay que reducir el consumo de grasas, especialmente las procesadas. Lo que nos lleva directamente al consumo moderado de aceite de oliva.
Una de las ventajas de la dieta mediterránea, tan aplaudida por crítica y público, es el aceite de oliva. Los últimos estudios indican que un desayuno que incluya el aceite de oliva ayuda a controlar el colesterol alto y a limpiar los vasos sanguíneos.
La conclusión es sencilla, no se puede prescindir de la grasa y la única aconsejable por sus beneficios fenólicos antioxidantes, anti-inflamatorios y cardiovasculares, es nuestro tradicional y sano aceite de oliva virgen.

