
La continua exposición a los medios de comunicación puede provocar que una campaña de publicidad presentada con bata de científica pueda parecer un informe serio cuando, en el fondo, sólo se trata de publicidad. Así, nos presenta una “doctora” un yogur con millones de bacilos para la flora intestinal y parece que será la solución a todos nuestros males. Y lo compramos. Y lo comemos, aunque sepa a rayos. Lo peor es cuando lo que nos venden no es un yogur, sino un medicamento. Eso es más serio, y hay que pararse y respirar hondo para no salir corriendo en busca del médico a que te recete una medicina que probablemente no necesitas.
Recientemente se ha denunciado en la prensa que algunas empresas de la industria farmacéutica han manipulado informes en los cuales se presentaba un medicamento fantástico para una enfermedad tan común como puede ser la osteopenia -osteoporosis leve que se suele dar en la menopausia- sin dar toda la información, como los efectos secundarios, que pueden ser más graves incluso que la propia enfermedad.
Aunque los mismos laboratorios mencionados ya han anunciado acciones legales contra estas informaciones, la noticia deja al descubierto una verdad patente: estamos sometidos a la publicidad, a la hipocondría, al exceso, en todas sus facetas. Podemos padecer una dolencia o una enfermedad leve que quizás no debería preocuparnos, o al menos no de esa manera, y enseguida corremos a por un fármaco, sin considerar los efectos adversos o secundarios.
El caso es que no nos basta con ser guapos, con pieles de terciopelo, eternamente jóvenes, vestidos a la última pero sin exceso, simpáticos y con unas relaciones perfectas. Ahora, además, nos venden que nuestro cuerpo debe funcionar como un reloj suizo. Y habrá a quienes, tras unos segundos de precupación, nos dé todo un poco igual y sigamos con nuestra rutina. Pero los hay que sí que se ponen enfermos sólo de pensarlo, y que no salen de su casa sin el arsenal de medicinas, y que en la farmacia de su barrio le ponen la alfombra roja cuando les ven entrar por la puerta…
Por si acaso, tienes más información en la web de The New York Times.
Por: Ana Belén Fernández
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